Me he llevado una gratísima sorpresa al descubrir que he sido incluido en la antología El pescador de aforismos, organizada por Miguel Rodriguez (Michel F.) e impulsada por la revista Aforistas, de José Luis Trullo.
Hace ya mucho que no subía al blog greguerías nuevas. Aquí va una selección de las que he escrito en el último año:
“Entre los documentos deberá presentar un certificado del grado de confianza que despierta entre los pájaros” (Trámites para el reconocimiento oficial de poeta).
Con el paso de millones y millones de años, los átomos se combinaron de tal manera que fue posible el surgimiento de un cantante sertanejo.
El jabón es una mantequilla que lava las manos.
Drexler escribe canciones con notas a pie de página.
Las leyes de la naturaleza no son nada democráticas. Son más bien decretazos de la naturaleza. Contra el autoritarismo de la naturaleza, o de Dios, se levanta la literatura fantástica.
El niño se siente preso en casa por los infinitos barrotes de la lluvia.
Se abren las compuertas de la escuela, y los niños salen siguiendo las leyes de la hidráulica.
Hay cuentos y poemas que son artefactos explosivos y, como tales, solo se pueden usar una vez.
El humo del cigarrillo es un ser vertebrado.
En un día gris, vislumbre de labios pintados: hierro al rojo en la memoria.
Para personas introspectivas, ciudades del interior.
En un día gris, la bicicleta que se pasea con una cesta de mandarinas es un agente de la resistencia.
La escarola es un híbrido de lechuga y gato.
¿Un oriental puede desorientarse?
Hace falta en las librerías una sección de literatura desmotivacional.
Cultura de masas, pizzas y macarrones.
El ser humano naturalmente se inclina. Un árbol talado que cae lento como aguja de reloj. Se asoma milimétricamente al abismo, tic a tic. En un momento dado, ha de elegir entre la caída definitiva o el dar la mano a otro individuo que le servirá de contrapeso, que a su vez da la mano a otro individuo, en compleja estructura cristalina. Así se expande la copa del árbol humano, sujetando en las fronteras a los suicidas, agarrando por una mano en el último segundo a los que, insatisfechos, se arrojan al misterio. Inclinado, suicida efímero por naturaleza, salvado por un suicida de las antípodas mediante una compleja arquitectura de brazos, castillo de naipes humanos, todos inclinados, en precario equilibrio. Ninguno sobreviviría solo mucho tiempo. Cuando alguno cae, discreto, oscuro, todo tiembla, hay desmoronamientos que nadie se explica. La comunidad lucha desde siempre contra la gravedad.
Última línea de defensa. (Definición de aforismo).
Para mantener enano un bonsái no es necesaria la poda. Basta con insultarlo regularmente.
Quién pudiera, como los árboles, llevar por cabeza esa nube de lenta verdura.
Mirando por la ventanilla del tren, veo pasar un enjambre de girasoles.
Por la noche, cierran el parque Lage con grandes puertas de hierro y grandes candados, para que no salga.
¡Qué bien les sienta la edad a los árboles!
Sopla viento de tormenta: la selva levanta la voz.
Entiendo que, en el bosque, la selección natural sólo haya dejado en pie los árboles de hojas pequeñas, que no oponen resistencia al vendaval. Pero este maravilloso, terso equilibrio entre el bosque, la noche y el canto del grillo, ¿también lo explica la evolución?
Las plantas conocen bien los distintos sabores de la luz.
Del suelo surgen lentos relámpagos de madera.
Todos los árboles del bosque tienen los pies fríos, siempre.
La última hoja del árbol no cayó de seca, sino de sola.
Un árbol estresado, sobrecargado de pájaros.
Peral, manzano, cerezo, almendro... A los árboles nunca les ponemos el nombre de acuerdo a sus hojas, y mucho menos pensando en sus raíces, sino atendiendo apenas a la parte suya que nos podemos comer.
Los campos, organizados en hileras, como disciplinados ejércitos, para luchar por causas incomprensibles y ajenas.
En los días más calurosos del verano, hay algo de refrescante en observar cómo el viento mueve las hojas del chopo, que se transforma entonces en la bebida gaseosa del paisaje.
Frente a las facturas mensuales, al pianista le gustaría interpretar una música triste al teclado del código de barras.
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Cuando hay turbulencias en el avión, se disimula el Parkinson.
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En los tejados brotan antenas parabólicas silvestres.
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Escribió una adaptación para niños del Ulises de Joyce.
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Como cuando le enseñó a montar en bicicleta (entonces lo sujetaba por el sillín y al cabo de un rato lo soltaba) el hombre le va contando al niño un cuento en la cama hasta que, ya casi en el final, lo deja suelto en el sueño.
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Ese afán de las cortinas de huir por las ventanas.
El cuerpo viaja en avión y el alma viene nadando.
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En el avión dormimos con mujeres desconocidas.
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Las despedidas de emigrantes se vivían como extraños funerales multitudinarios, en los que los familiares partían al más allá en cuerpo y alma, en enormes y humeantes barcas de Caronte.
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A veces, las nubes viajeras sienten súbitos impulsos de echar raíces. De ahí los relámpagos.
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El caracol no tiene un lugar adonde volver.
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Como el Estrecho de Magallanes, la vida no es un lugar para quedarse.
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En la estación de trenes, silencio de catedral. Postura de orantes de los viajeros consultando sus móviles.
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Una araña zancuda muy segura de sí misma camina a toda velocidad desde el mueble del televisor hasta el sofá, por el que trepa con facilidad. En otro sector, una hormiga exploradora, que nunca jamás llegará a cruzarse con la araña anterior, atraviesa errática una gran baldosa blanca. Dos moscas que han venido de no se sabe dónde, ahora se dan de topetazos contra el vidrio. Una ruidosa libélula viene a hacerles compañía a las moscas del cristal, y las tres parecen encontrar un placer recóndito en quejarse del mundo. Un gorrión entra por la puerta principal, se posa momentáneamente en la moldura del techo, y sale a continuación por la puerta del patio trasero. Hay otras dos o tres especies de insectos, de las que desconozco el nombre, cruzando el aire: algo parecido a un saltamontes minúsculo que impacta en mi rodilla; otra forma esbelta y bella, voladora, que baila en la luz sus bailes sutiles de hada. Y ambas especies autóctonas me hacen sentir extranjero. Llego a la conclusión de que mi sala de estar es un espacio público, una especie de estación de autobuses del ajetreado mundo animal, en la que yo apenas soy una presencia extraña más o menos tolerada, un vagabundo al que temporalmente se le permite vivir por aquí.