Todo el que haya vivido un tiempo en Zaragoza sabe perfectamente que en esta ciudad existe una esquina lenta. Un lugar muy céntrico en el que la disposición de los edificios provoca una peculiar concentración del viento que casi impide caminar, que frena radicalmente los pasos del viandante, dando la impresión de que en ese pedazo de acera el tiempo se estira extraordinariamente, se roza la eternidad.
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sábado, 22 de septiembre de 2012

Para un taller de brevedades - 5



Lo primero es el silencio… Un silencio natural, de lluvia o de hojas, o un silencio de máquinas, ensordecedor incluso. Pero un silencio sin palabras de nadie. En un segundo momento, debemos intentar aniquilar el pensamiento, como proponen los monjes zen. Colocar un manto de nieve sobre todas las palabras que nos bullen en la cabeza, como para curarlas. Nieve, hasta que no se vea ninguna. Más nieve, hasta que dejen de agitarse todas las palabras, hasta que todas las palabras renuncien a revolotear y, lentamente, perezcan.

Por unos segundos, nuestra mente es un alto paraje nevado donde apenas sopla el viento. La idea es que este terreno nevado crezca y se haga inmenso; llegue lejísimos, y nosotros con él. Allí, a miles de kilómetros de todo, podremos por fin detenernos, y podremos, por fin, elegir nuestro próximo paso, en cualquier dirección. Nuestro próximo pensamiento, podrá ser libre, podrá ser nuestro. Será un pensamiento vivo, alejado del pensamiento de la especie, aberrante para la especie, o admirable. Sólo entonces, por fin, encontrará su sentido aquello que dijo Descartes: pienso, luego existo.

jueves, 30 de agosto de 2012

Para un taller de brevedades - 4



Desde el Romanticismo, el arte ya no es la imitación lo más fiel y perfecta posible de este mundo, sino la creación de mundos nuevos. Ya no interesan los modelos o moldes, sino la originalidad, el punto de vista novedoso, inaudito. El pensamiento anómalo.

Por eso, durante todo el siglo XX, y también en nuestros días, la genialidad artística no tiene contornos definidos, y se confunde inevitablemente con la locura. Estudios contemporáneos se preguntan incluso si la creación es un indicio o síntoma de enfermedad mental. Si la creación artística es en efecto una enfermedad, cabe preguntarse: ¿es contagiosa o genética? Y si es transmisible entre personas, ¿es deseable o perniciosa su propagación?


Para un taller de brevedades - 3


Cierto día, en la cafetería del parque Lage, escuché un trecho de la conversación de la mesa de al lado: una escritora de guiones para telenovelas le comentaba a alguien que había desarrollado una técnica de escritura itinerante. Que cada día se sentaba a escribir en un lugar diferente de Río de Janeiro. Y que le estaba funcionando.


domingo, 26 de agosto de 2012

Para un taller de brevedades - 2



El primer objetivo es descarrilar, o saltar en marcha de este tren sin frenos y sin destino conocido en el que nos pusieron al nacer.

Cambiando de metáfora, si las vidas son los ríos, la idea es salir del curso del agua y sentarse en la orilla, a mirar.

El primero puede ser un movimiento libertador, de rebeldía, de robot desobediente, aunque a veces, raras veces, no es buscado. Hay una serie de elementos que se conjuran, o que es necesario conjurar, para conseguir un buen descarrilamiento: silencio, retiro, soledad, lentitud.


viernes, 24 de agosto de 2012

Para un taller de brevedades - 1

La escritura de narraciones más extensas (relatos largos y novelas) depende más de la “transpiración”, de la constancia. Tras una primera versión escrita a lomos del gozo, creación pura y muy libre, la parte del vuelo del ángel, llega el fastidioso y humildísimo trabajo de las sucesivas revisiones para limar ripios, calzar frases cojas, eliminar incoherencias, cortar o añadir información para mantener vivo el fuego de la intriga, vigilar la verosimilitud, verificar uno a uno los microcircuitos de la narración... Esta es la parte triste del trabajo del narrador, la parte gallinácea, la parte del oficinista literario, del ingeniero de palabras, de la jornada de ocho horas. Es la parte sin brillo, aunque en el transcurso de alguna revisión suele sorprendernos algún resplandor que nos posibilita añadir algo nuevo y que nos hace el día grato. Otra ventaja de las narraciones extensas es que nos permite ser y sentirnos escritores todos los días, y no meros domingueros o visitadores de la literatura. Porque poemas, greguerías y microrrelatos son pan para hoy y hambre para mañana. Cosa de bohemios, vagos y maleantes. En realidad, muchas veces, los escritores de brevedades no visitan la literatura, sino que esperan que la literatura les haga una visita. Una visita sorpresa, por fuerza. Y si la visita es muy querida, porque depende de ella nuestra autoestima o nuestra esencia de “ser escritores”, puesta en duda casi a diario, entonces la espera deriva fácilmente en desasosiego.